Estábamos terminando de cenar en aquella pizzería que nos gusta tanto. Es increíble que después de tantos años siga estando tan rica como el primer día, y el tiramisú como siempre, una locura. Me tocaba conducir a mi, por eso de compensar de vez en cuando tantos años de copiloto durmiéndome por el camino. Hicimos el recorrido habitual, cada año tocaba celebrarlo y nos decidimos por mantener las buenas costumbres, algo sencillito pero con encanto. Musiquita, una buena charla. Dejamos el coche en la explanada, lo más cerquita posible por si en el camino de vuelta nos congelábamos, aunque en esas fechas era raro que hiciera mucho frío. Creo que era más una medida preventiva por si en un arrebato de juventud nos volvíamos a lanzar al mar. Cuando llegamos ya estaban con la música a todo volumen, ese hombre de verdad que no se cansa nunca. Nos arrinconamos en un huequito que encontramos en primera fila y fuiste a buscar las pintas, fresquitas e intensas, con la espumita perfecta. Sentía que pasaban las horas pero a la vez estaba disfrutando cada segundo, era incluso mejor que antes, tan acogedor, como estar en el salón de casa celebrando con amigos. Me entraron ganas de ir al baño y, cuando ya estaba lavándome las manos para volver, empezó a sonar mi canción, esa de los cochitos que fue tu canción también. Salí casi corriendo a ver si te habías dado cuenta y estabas ahí, con la rodilla hincada en el suelo en mi dirección, con una cajita preciosa. Juro que nunca pensé que sería así pero en ese momento no se me ocurría una forma más perfecta de hacerlo. Se te notaban los nervios desde el último rincón del pub y se me aguaron los ojos en medio de una sonrisa…
…abrí los ojos y la realidad se me cayó encima desde dentro, como arrugando el corazón. Se me aguaron los ojos en medio de la oscuridad y ahogué cada lágrima con el silencio de mi resignación. Quizás algún día deje de recordar todas las cosas que no he vivido, quizás algún día deje de llorar al recordar.